Trauma y sexualidad

El concepto de trauma desde los inicios del psicoanálisis se ligó a la causalidad de la neurosis y a la sexualidad. Al principio se trataba de algo externo, contingente, un plus (en sentido económico) que afecta al sujeto. Es el Freud de las “series complementarias”.

Sin embargo, Freud, se desliga de esta idea. Como lo explica en el manuscrito K en su carta a Fliess al hablar de masturbación en el caso de los niños como posible causa de la neurosis.

A pesar de que Freud cambió su posición, se extendió la idea de un trauma primigenio que estaría en la raíz de lo que el sujeto habrá de advenir, y tomando una visión médica se produjo un equívoco.

Lacan precisó y diferenció lo que es el trauma para el psicoanálisis respecto a la idea más general. Y así rompió el equívoco cuando habló de troumatisme y lo diferenció de trauma. El trauma por tanto se juega en un sentido lógico y no cronológico.

Eric Laurent señala: “Nuestro cuerpo no está hecho para ser sexuado, como lo muestra el hecho de que los hombres y las mujeres se comportan mucho menos bien que los animales. De ello se deduce un trauma indiscutible ligado al sexo”1.

¿No es acaso, lo que señala Laurent, otra cosa que el efecto de nacer inmersos en el lenguaje? La sexualidad humana no es instintiva por tanto no hay adecuación al objeto. Así cobra todo su valor la fórmula lacaniana de la no proporción sexual.

Podemos pensar entonces, por un lado, la idea del trauma en la sexualidad como troumatisme, como estructurante o como causa y los traumas en un sentido genérico y contingente que afectan al sujeto a lo largo de su vida y que serán resignificados.

En el caso del trauma como causa, lo importante no es ya sólo la excitación sexual que el individuo hubiera experimentado en su infancia sino sobre todo su reacción a tales impresiones y el haber respondido o no a ellas con la represión.

La sexuación ya no depende sólo de lo contingente exterior, así como tampoco necesariamente de lo traumático, sino en cómo el sujeto lo ubica en relación a su fantasma. El trauma puede ser pensado, por tanto, en una topología, una superficie tridimensional, tal como lo explica Laurent apoyándose en la figura del toro que trabaja Lacan: “Este modelo presenta la particularidad de designar un interior que está también en el exterior”2.

Estos puntos de fijación, marcas, nos hacen pensar al proceso de sexuación como algo discontinuo. Esto explica porque Laurent señala en su artículo que el trauma “es más un proceso que un acontecimiento. Acompaña para siempre al sujeto”3. De manera que en la construcción de la sexualidad se juega una continuidad, y a la vez una discontinuidad.

Me pregunto ¿si la idea de discontinuidad acaso no es lo que evoca Miller cuando dice: “El «no hay relación sexual» dice que en cualquier caso hay un punto traumático y que en la dimensión de la sexualidad el sujeto avanza «a tumbos»”?4

Avanzar a tumbos no supone un desarrollo sino un camino en el cual el sujeto se da golpes, se tambalea. Se trata de los avatares de la sexualidad que suponen discontinuidad.

Miller lo dice muy bien cuando explica que “un trauma no tiene sentido. No obstante, puede recibir sentido a posteriori5. Así, el traumatismo está articulado con un significante que le dará sentido.

Sabemos que la repetición, vía los sueños o los síntomas, son intentos de dar sentido y no de restituir el sentido de algo que pasó.

En cambio, la búsqueda de la causalidad hace un camino inverso y marca como el trauma en definitiva es singular y propio para cada sujeto.

 

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Notas:

  1. Laurent, E., “El revés del trauma”, Virtualia, Revista digital de la EOL, Nº6 Julio, 2002.
  2. Ibídem.
  3. Ibídem.
  4. Miller, J.-A., “Causa y consentimiento”, Los cursos psicoanalíticos de J.A. Miller, Paidós, Buenos Aires, 2019, p. 139.
  5. Ibídem.