Troumas y caricias

“Todo padre traumático está en suma en la misma posición que el psicoanalista. La diferencia es que el psicoanalista, por su posición, reproduce la neurosis, mientras que el padre traumático la produce inocentemente”1

J. Lacan

 

Hace aproximadamente 15 meses –cuando comenzó la pandemia– recibí un mail que me convocaba como más uno rumbo a un cartel sobre la Presencia del analista. Sorprendida por los efectos de las tramas analíticas y la presencia “de carne y hueso” me fui zoom-mergiendo –con algunos otros– por elucidaciones de esa parte no simbolizable del goce que requiere la presencia encarnada de una inconsistencia, la del analista.

¿De qué –no de quién– sino de qué posición del analista se trata al momento de rozar esa escritura que es el trauma, seco de sentido sexual? Por supuesto que lo que es traumático para algunos puede ser estabilizador para otros. De hecho, decir que no-hay sentido común para responder a lo inaugural de ese estatus que es el trauma –como señala Miller en su clase del 13 de enero de 1988–, es hacer resonar el estatuto mismo del trauma, herida de la no relación sexual.

Hay un bien-decir a saber-leer2 que en la experiencia analítica el analista le transfiere al analizante orientado por la singular dimensión de su sexualidad que, si anda ¡avanza a tumbos!

“Llegó con tres heridas…” como dice el poema de Miguel Hernández. En efecto, en el camino de las heridas y las cicatrices de la desproporción, el psicoanálisis constata que no basta con ir a buscar lo ocurrido antes, en diacronía. Sino, como enseñan las fórmulas sincrónicas que saben leer las heridas del axioma de la no relación de los traumas y sus destinos.

“¿Por qué el hecho de haberme acostado en la cama de mi padre podría haber echado a perder para siempre mi sexualidad, mientras que para alguno eso ocurriría por haberse acostado en la cama de su madre, y para otro por haber visto desnudo a su padre o a su madre, o bien por no haberlos visto desnudos jamás? Para uno, haber sido acariciado, para otro, jamás haberlo sido”3.

El psicoanálisis es sensible a algunas caricias. Así lo interpreta Suzanne Hommel –analizante de Lacan– a propósito de la singular caricia del traumatismo de lalangue que, no tiene traducción, como las sorpresas del acto. Cito a Suzanne: “Lacan saltó de su silla, se me acercó y me dio una caricia extremadamente gentil en la mejilla (…) Un gesto verdaderamente tierno. Esa sorpresa no disminuyó el dolor, pero hizo algo más. La prueba es que 40 años después, cada vez que lo cuento, aún puedo sentirlo en mi mejilla. Fue un gesto que apeló a la humanidad”4.

El analista trauma no traumatiza nada, no reproduce el trauma, ni pretende saber cuándo, cómo, ni con quién se produjo esa herida. Las gratas sorpresas del analista trauma que, se transforma en su propio caso, enseñan lo que un trouma 5 y una caricia vital, interpreta.

 

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Notas:

  1. Lacan, J., El seminario 19 …o peor, Paidós, Bs. As., 2012, p.190.
  2. Miller, J.-A., «Leer un síntoma», AMP Blog.
  3. Miller, J.-A., Causa y consentimiento, Paidós, Bs. As., 2019, p. 139.
  4. Hommel, S., «Gestapo / geste à peau: una historia de la práctica de Lacan».
  5. Neologismo por condensación entre trauma y trou (agujero).